miércoles, 10 de septiembre de 2008

De Mi Propia Historia

País de los Quilmes se permite aquí rendir homenaje a todos aquellos hombres que alguna vez, nos han emocionado con el humilde uso de una pluma, un pincel, una cuerda.
Algunos escritos, originalmente simples papeles, toman vida, simplemente porque su escencia trasciende al autor y porque otros, como tantos de nosotros, encarnamos una y otra vez como en el caso de "De Mi Propia Historia", de Roberto E. Rocca, que transcribimos a continuación.


"Nací y crecí en un pueblo de la Provincia de Buenos Aires. Hoy vivo en el centro de una gran ciudad. Y no es que yo me haya movido mucho, porque mi casa actual está a menos de siete cuadras de la casa donde nací. Entonces, en los pueblos, se nacía en las casas. Me trajo al mundo "la Alemana", tal vez la única partera del pueblo, aunque mi padre y mi tío Cholo ya eran médicos.
No fui yo uno de esos tantos hombres de pueblo que, encandilados por las luces, van a vivir a la ciudad. Fue Buenos Aires, la metrópolis, que se hizo grande, se transformó en el Gran Buenos Aires y nos tragó. Yo fui siempre del pueblo de Quilmes, pero Quilmes dejó de ser pueblo.
Cuando yo era chico había unas pocas calles asfaltadas, hileras de casas bajas y, hacia la barranca los viejos chalets de los ingleses que vinieron con el ferrocarril. Viví mi infancia en una de esas viejas casas chorizo, edificadas en el siglo XIX, a una cuadra de Rivadavia y tres de la estación. En la calle, todos los días se jugaba al fútbol y, cada tanto pasaba algún auto. Por la mañana pasaba el lechero con su carro y sus tarros.
Estábamos rodeados por el campo. Hacia el norte, todo lo que hoy es el Barrio Parque de Bernal, estaba vacío. La vieja cancha de Quilmes, en Guido y Sarmiento, también se asomaba al campo. Para el oeste las casas llegaban hasta Andrés Baranda y después estaban las quintas. Hasta había por ahí una laguna, que la civilización devoró. Avenida La Plata era empedrada y a partir de donde hoy se yergue Carrefour empezaba un camino de tierra, al que nosotros llamábamos "el camino de los cuises", que conducía al casco de "El Dorado" que era todavía una estancia, adornada por Don Carlos, su dueño, con mil exquisiteces compradas en remates europeos. El Museo del Transporte testimonia todavía hoy la esplendidez de sus caballerizas.
Yo nací en ese pueblo, donde toda la gente se conocía, los chicos caminábamos y andábamos en bicicleta sin peligro por la calle. El portón de nuestro garaje, en cuya pared había quedado todavía una gran argolla para atar los caballos; tenía una puertita por donde entrábamos a la casa la familia y los amigos. Esa puertita nunca se cerró con llave.
Yo nací en un pueblo de Buenos Aires y ese pueblo sigue vivo en mi corazón. Los que hoy ven en mí al profesional, al ciudadano representativo, no saben que sigo siendo un hombre de pueblo, que extraño todo aquello y que a veces sueño con irme a vivir a un lugar así, lo suficientemente alejado de Buenos Aires como para que, por más que crezca, la megápolis no pueda devorarlo".

Roberto E. Rocca

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