domingo, 29 de marzo de 2009

Quilmes: El Ayer de Mi Ciudad

Rivadavia desde el Astrid, 1950


Por Joan Benavent(*)


No nací en Quilmes. Llegué a comienzos del 49, a lo que era un pueblo próspero de pequeños talleres, algunas fábricas grandes, un club de fútbol con futuro y la famosa Cervecería, expropiada por Juan Perón a la familia Bemberg, con apenas cinco años.
Entonces, las calles que circunvalaban el centro de la ciudad eran empedradas, con plazoletas que por tramos partían en dos las calles.
Allí viví doce años de mi vida, también partidos en dos. El más feliz fue el de la niñez, en la esquina de Alberdi y Moreno. El menos, transcurrió en la otra punta del mapa urbanizado; calle Hipólito Yrigoyen (ex Uriburu) al 1100, desde dónde veía pasar los raudos trenes de ida y vuelta del Roca.
Vuelvo al primero, de pantalón corto, profusas lecturas de revistas de historietas, visitas a las salas de cine (había 6) y correrias o juegos barriales con chicos y chicas de mi edad.
En mis muy posteriores visitas al barrio de los sueños infantiles, descubrí a mi ex vivienda convertida en posta de remisero. En el número 202 aún se conservaba el portón de pino hacia 1999. Luego desapareció. También cambiaron otras fachadas y sus contenidos. Algunos de sus moradores de antaño se habían mudado, otros habían muerto, y los menos permanecían allí, ya viejos o a punto de envejecer.
El deplorable estado de los chalecitos quilmeños empeoró en el 2001. Despintados, con los garajes herrumbrados y los timbres colgando de cables desteñidos fuera de uso, semejaban el cementerio de una época próspera, devorada por la marabunta de la pobreza y el desánimo.
Equidistantes de mi esquina a una cuadra por ambas bandas, los almacenes de Manzi y Faggioli habían desaparecido con sus propietarios.
Manzi era peronista; Faggioli radical. Ellos representaban el país de la época en los ´40 y ´50.
El hijo varón del primero, abogado, juez y político, siguió la tradición paterna. El que sobrevivió del segundo (pues el hijo más pequeño -Horacio- falleció tiempo después de ser torturado por las bandas de López Rega, que en realidad buscaban al hermano) montó un pequeño quiosco en el que fuese gran almacén.
Ex comunista y varón sensato, Norberto, a quien el valiente Horacio no delató, habla con amargura del país actual. Tiene motivos.
Durante los siete viajes siete que realicé entre el ´99 y el 2007, no dejé de charlar con él un rato tras recorrer el barrio de punta a punta. La penúltima vez entré en la escuela número siete, en la que cursé el primero superior, el segundo grado y el tercero.
El boliche de Norberto la enfrenta en diagonal desde la esquina, junto a la Iglesia dónde me empollé el catecismo, preparatorio de la Primera Comunión.
No tengo palabras para expresar mi pena ante el estado de mi escuelita, recién edificada a todo gas junto al primero superior de guardapolvo blanco y mate cocido en 1951.
El lustroso escenario dónde un final de curso bailé el Malambo vestido de gaucho, estaba a la miseria. Los viejos maestros y el legendario director ya no existían. Sin embargo, entre tanta tristeza a veces uno recupera el ánimo. Por una de esas reparaciones del destino, reencontré allí mismo a Ernesto Prom, que dirige el Instituto Secundario Almirante Brown (ex Escuela Normal). Con Ernesto habíamos compartido algún curso del colegio nocturno en Bernal; por consecuencia de nuestro común interés por el País y la Historia, devino prologuista argentino del segundo tomo de "Perón. Luz y Sombras".

Rematando el apunte, destaco un comentario enhebrado con Noberto sobre Quilmes y sus viviendas de propiedad horizontal, multiplicadas en los últimos años.
-¿Te acordás, "Norber", de la libertad asombrosa que respirábamos cuándo pibes?
-Claro. Y del cielo abierto. Se podía mirar para arriba. Incluso cuando caía un chaparrón. En cambio, ahora...
- Si. Cada vez que viajo descubro menos chalés y más edificios, viejo amigo...
-Lo peor es que nos tapan el cielo cuándo más lo precisamos. ¿Es igual en España?
-Es peor.
-No calienta, "Nano". Con suerte, viento a favor y desde dónde sea, vos y yo llegaremos a tocarlo con las manos...y los pies.




Un "chalecito" a metros de su vieja casa, hoy.




(*) Joan Benavent vino de pequeño a Quilmes desde su España natal y la vida lo devolvió aguas allá. Pero su paso por nuestras calles ha quedo por siempre en su corazón y por ello hoy nos envía este material.
Su Blog La Espada del Zorro es un espacio en el que encontraremos reflexiones sobre política, cultura, historia y espectáculos. Y el recuerdo de "su" Quilmes.

1 comentario:

Joan Benavent dijo...

Bárbaro y conmovedor Gustavo.
Lo del chalecito me da de lleno.¿Es la casa de los Caltabiano? Al lado, en el que fuera garaje, Ana atendía una librería.
Ana... alta, morocha, con lentes y siempre vestida de negro. En 1951 tendría unos treinta años. Era muy atenta, pero nunca la vi sonreir. NI siquiera cuando los pibes le hacíamos gracias. Vivía con la madre y el hermano, al que después creo, encanaron no se porqué
Decían de Ana las malas lenguas, que cierto amanecer un novio la dejó, y que después, ella dejaba pasar la vida...
Un saludo.
Juan Antonio