sábado, 18 de julio de 2009

Especial: La Feria de Solano


El intendente Gutiérrez, en campaña, visitó la feria.


Fenómeno social como pocos, la Feria de Solano convoca a miles de personas por semana, mientras se mantiene como incógnita para un sector vasto de la sociedad. Una investigación de Eduardo Chávez Molina y María Laura Raffo, de la Facultad de Sociología de la UBA, nos pone en situación sobre las lógicas de reproducción y trayectorias laborales de trabajadores feriantes, analizando el caso de la Feria de Solano.

Lo que sigue es un resumen del trabajo, que puede leerse completo AQUÍ.

Presentación

El tema central de este artículo tiene como eje la descripción del universo de las actividades informales, de un segmento típico de las mismas, como lo son los feriantes, principalmente al aire libre,que se desarrollan en la zona sur del Conurbano Bonaerense. Tratamos de visualizar el grado de articulación con el sector económico formal, las condiciones y formas de acceso a este tipo de ocupaciones, las relaciones sociales y su puesta en escena que permitan habilitaciones o no de la actividad, que operan en el espacio urbano del Área Metropolitana del Gran Buenos Aires -en este caso particular en la Feria de San Francisco Solano, Quilmes- y poniendo el eje de la mirada en y desde los sectores informales/marginales, bajo un contexto social, económico y político específico. Los diferentes aspectos que circundan la vida de un feriante están envueltos de constricciones y opciones, posibilidades y riesgos, decisiones y amenazas, que lo constituyen en el espacio social de la informalidad, marginalidad o del "desplazado" de los sectores modernos de la economía. Participan, de acuerdo a su propia especificidad, en un campo concreto, en un espacio estructurado de posiciones, en la cual la dinámica del mismo está dada por la confrontación y la cooperación, y por la búsqueda de acumulación de un bien escaso considerado por sus participantes como digno de obtención, y de apropiación.

Un Día en la Feria de Solano

La feria abarca aproximadamente 15 cuadras. A ello se le suman 10 cuadras con los puestos más precarios, sobre veredas de tierra, y cercanos a un arroyo (San Francisco). En la primer parte hay unos 500 puestos aproximadamente, y casi la misma cantidad en la zona marginal de la feria. La “cumbia-villera” es la melodía que circunda a la feria, como el olor a las empanadas fritas, y el humo del carbón que calienta las parrillas para ofrecer choripán, carnes, y tortillas de grasa. El trajín de la gente es incesante, y a medida que se acerca el mediodía, tiende a haber más gente, además de cafeteros, heladeros y otro tipo de vendedores, que se mueven por la mitad de la calle. Los primeros puestos que se nos van apareciendo, son los ya mencionados “tradicionales”, con carromatos y exhibiendo diversidad y mayor cantidad de mercadería, en comparación con los puestos de “los coleros”, y los más precarios. Es allí donde entrevistamos al primer grupo; feriantes formales, con décadas en el lugar, ocupando un lugar privilegiado en la misma, y que podrían ser caracterizados como “informales típicos”, con cierto nivel de acumulación en la actividad, en situación paralegal: prácticamente todos con habilitación municipal, pero con atrasos en los pagos de cánones mensuales , muchos anotados ante la Dirección General Impositiva, pero prácticamente ninguno con los impuestos al día. Los productos ofrecidos en general no son de buena calidad, aunque las verdulerías y fruterías son la excepción, por las cercanías de los quinteros hortícolas y frutícolas relativamente cercanos a la zona. Los precios son baratos, y las ofertas se amplían cuando se compran por más de una unidad de venta (Kg., litros, prenda). Allí es donde encontramos a Toti y a Valdés. El primero tiene un puesto de ropa de temporada, pulóveres, camperas, camisas, para ambos sexos. A diferencia de otros puesteros que lo circundan, Toti no tiene carromato, su mercadería es exhibida en caballetes, pero utiliza mucho más de los metros permitidos, y atiende el puesto junto a su hija, su yerno y una sobrina muy joven. En tanto que Valdés tiene un puesto tradicional, un carromato de 7 metros, muy bien adornado con productos regionales, donde exhibe miel, "yuyos" medicinales , cereales, legumbres, pequeños cigarros y puros de tabaco paraguayo. Atiende junto a su esposa, y ocasionalmente, le ayudan dos personas más. Pico tiene un puesto de venta de productos de mercería, y marroquinería, las exhibe su carromato atendido exclusivamente por él. Un segundo grupo está constituido por feriantes "coleros", en este caso, los que tienen un permiso precario, y se ubican en este caso, en los extremos de la feria. Allí encontramos a Pelusa; una travesti que vende ropa, aunque cuenta con un capital de trabajo muy pequeño; a Cristina, que vende productos variados, desde remeras y shorts, hasta pilas y virgencitas, y a Antonio, que pulula en diferentes ferias, vendiendo pequeños adornos de madera. Las preguntas que nos hacíamos de acuerdo a su posicionamiento social en la feria, giraban en torno a su llegada, su consolidación, su pasado laboral, las relaciones establecidas para asegurarse un lugar en la feria, y las limitaciones y posibilidades de garantizar la continuidad de sus actividades, su mirada hacia esos nuevos feriantes, que bordean la feria en los últimos años. Los tres grupos detectados, expresan posicionamientos distintos al interior de la feria, donde la mejor ubicación la detentan los feriantes formales, situación que se hace visible al observar la estructura de la unidad económica además de ubicar sus puestos en los mejores lugares, y contar con las autorizaciones municipales. Pero además cumple un papel determinante la lógica inserta en la reproducción de la unidad económica, en el sentido de que la misma genera ganancias que pueden ser reinvertidas en la misma unidad, generando un proceso de acumulación a lo largo del tiempo, y que se expresa con ser un sector que puede capitalizarse, principalmente con los medios que permiten la reproducción del hogar (la vivienda, el vehículo). ¿Desde dónde llegaron, qué hacían, decisiones libres o únicas opciones?, estas preguntas intentan desentrañar cierta especificidad de una actividad informal, que podríamos llamarla clásica, que se consolidó dentro de un contexto económico y social caracterizado por una mayor presencia del Estado en la esfera económica y política, bajo el modelo de Industrialización por sustitución de importaciones. Para el caso de los feriantes "tradicionales", su trayectoria comienza por un período de inserción laboral plena, en el caso de Valdés en la década del '60 como empleado metalúrgico, y Toti, como empleado textil, a fines de la década del '50, en tanto que Pico, trabajó como cadete de una escribanía. Su pasaje a actividades por cuenta propia, comprendió caminos disímiles, que los uniría en la misma feria, años más tarde. Ambos pasajes tienen como resultado una inserción estable y buenos resultados económicos, donde la opción de emprender una actividad por cuenta propia constituye un horizonte posible, no constituyéndose en una actividad refugio ante la desocupación . En el caso de Valdés, pasa por un proceso de emigración forzosa desde Córdoba, motivada por razones políticas, debido a su militancia comunista durante el Cordobazo, como obrero automotriz de la Planta Peugeot. Su huida implica un proceso de desarraigo, que lo lleva a buscar cualquier tipo de trabajo en el Gran Buenos Aires, para subsistir. Logra insertarse en una pequeña fábrica metalúrgica, la cual abandona ante la posibilidad de vender productos originales de su región (hierbas medicinales), con probabilidades de obtener mayores ingresos que en la fábrica. Emprende esta actividad al poco tiempo de haber obtenido el empleo como empleado metalúrgico. Toti, también es originario de Córdoba, aunque su llegada al GBA data 10 años antes que Valdés, se viene muy joven, en busca de trabajo, y sus primeros ingresos los genera como empleado en una fábrica textil. Además él es boxeador, deporte que aprende en Córdoba y sigue ejerciendo en Capital Federal. Pero como sus expectativas eran mayores que los logros económicos que obtenía del taller, comenzó a vender zapatos en las feria, y que implicó posteriormente su decisión de comenzar a frecuentarlas , y transformarse en un vendedor en las mismas. Su decisión se basó principalmente en la posibilidad de sentirse libre de horarios, de procedimientos, y además de generar mayores ingresos producto de su actividad por cuenta propia. En tanto que Pico comenzó trabajando en una escribanía donde hacía labores administrativas, y también se produce la misma situación que la anterior, como la remuneración no cumplía con sus expectativas, decidió abocarse a una actividad por cuenta propia, pero a diferencia de los otros dos casos, Pico intentó continuar sus estudios terciarios, pero que abandonó al poco tiempo. De este grupo de feriantes tradicionales, Pico es el más joven, (tiene 52 años), y es el único que pasó por la experiencia de productor. Es por ello, tal vez, que a pesar de que a lo largo de su trayectoria laboral, queda como balance cierto proceso de mejoramiento de sus condiciones iniciales de vida, también es cierto que es el que más se resintió en los últimos años de crisis, ante su tesitura de seguir produciendo y competir contra productos importados. Valdés se integra a las ferias, casi por casualidad, pero su matrimonio, y las relaciones establecidas en torno a él, le permiten consolidar su posición . Tanto la habilitación municipal, como la posibilidad de capitalizarse, a través de familiares, y prestamistas, genera un proceso de ascenso social, donde la informalidad es su contexto de pertenencia (no paga impuestos, sus proveedores son variados, y muchos de ellos se reproducen bajo condiciones de subsistencia, etc.). En tanto que Toti inicia su vida como feriante siguiendo los canales institucionales, para lograrlo, solicita permiso y habilitación en un contexto en que era posible obtener autorización para vender en la vía pública, además de que su decisión está puesta en emprender una actividad por cuenta propia.

Nuestro grupo de feriantes tradicionales, se diferencia claramente de los otros grupos más precarios, tanto por la densidad de sus relaciones, en los tres niveles antes visto, como por la capacidad de poner en juego lo recursos con los cuales cuentan. Valdés, que se inicia como feriante por la ayuda de su cuñado, cumple un papel importante en la constitución del sindicato de ferias, transformándose en un referente de los mismos, incluso cuando hay que presionar por nuevos permisos, o nuevos lugares donde vender sus productos, Valdés ha cumplido un rol protagónico. Situación parecida de vínculos, y de mantención de los mismos, con inspectores de feria, policías, vecinos y comerciantes instalados en los lugares donde se realizan las ferias. Al igual que Pico y Toti, feriantes que participan, aunque en forma periódica, de las reuniones de su sindicato, mantienen buenas relaciones y las conservan con las autoridades municipales, sus relaciones con proveedores son relativamente sólidas, y la mantención de ciertos clientes les ha permito garantizar su continuidad en la feria. Además el hecho de cultivar amistades alrededor de su puesto, con los feriantes más próximos, les generan vínculos de sociabilidad permanentes, que sólo se fisuran o debilitan, cuando la competencia está demasiado cercana, y tiende a expresar relaciones de competencia y conflicto, no subsanables a corto plazo. Pero esta tipo de vínculos vienen a mostrar, dentro de un sector absolutamente desregulado, ciertos mecanismos organizativos, que permiten una convivencia dentro del espacio del mercado: no vender lo mismo uno al lado del otro, no tener demasiados diferenciales de precios, no ocupar demasiado espacio físico que perjudique al vecino, etc. Mecanismos de convivencia que no siempre son resueltas en forma pacífica.

Los feriantes “cola de feria”

Si reconstruimos los recorridos laborales de este grupo de feriantes encontramos que tanto el servicio doméstico, la fábrica como la venta ambulante y la prostitución aparecen como las fuentes (posibles) de trabajo más importantes: este es el caso de Cristina (46 años, cinco hijos, separada) que trabajo inicialmente como servicio doméstico en Capital, después se desempeña como vendedora ambulante en un puesto de calzado, ropa y pantalones en Retiro junto a su novio. En tanto que Pelusa (43 años, travesti, en pareja hace 18 años) desde los siete años aprendió a vender ajos y limones junto a su abuela y su mamá (ambas vendedoras ambulantes en una feria). También trabajó en una fábrica textil por dos años y se desempeñó como empleada en un negocio de ropa. Para Pelusa, el modo de enfrentar el creciente empobrecimiento fue a través de la combinación de la prostitución (durante la noche) y la venta de ropa (en el transcurso del día). Mientras que Antonio, de 35 años, casado, con una hija, es el que se encuentra en la situación más vulnerable, ha aprendido una actividad producto de la necesidad, es nuevo en el mundo de las ferias, y no tiene proyectos hacia la misma, solo intenta sobrevivir, obteniendo ingresos de donde sean. A partir de una experiencia de divertimento, fabricar pequeños objetos de madera, y la clausura de sus posibilidades de empleo dependiente, llegó a las ferias valorizando este saber recientemente adquirido. Tanto Cristina como Pelusa llegaron a la feria hace más de 10 años, por caminos distintos: Cristina compra su puesto al dueño anterior, Pelusa llega a la feria a través de su hermana que le da una cantidad de mercadería para que venda, actualmente ninguna de las dos paga por estar en la feria. Habiendo desempeñado a lo largo de sus trayectorias inserciones ocupacionales precarias, con un restringido capital económico, con niveles de educación escasos y con un universo relacional pequeño que en general se reduce a los vínculos familiares, encuentran una “actividad” en el espacio de la feria para sobrevivir. Este grupo de feriantes encuentra oportunidades de que vivir en los intersticios de un mercado de trabajo cada vez mas restringido y excluyente a partir de una apropiación determinada del espacio y de los recursos disponibles por medio de actividades -si bien fluctuantes y precarias- que generalmente no exigen para su desarrollo ni altos niveles educativos ni altos capitales. Sin embargo, contrariamente a lo que puede pensarse, estas actividades que aparentan un fácil acceso, requieren de una indispensable movilización de recursos: un conjunto de conocimientos (no formales, en el sentido de que no fueron aprendidos en el sistema formal de educación), capacidades y experiencia laboral (conocimiento del ramo) en este tipo de actividades que han acumulado a través de los diversos roles laborales que han desempeñado a lo largo de su trayectoria. Tanto Cristina como Pelusa poseen un cúmulo de conocimientos, de aprendizajes, la “viveza para vender, para regatear el precio con los mayoristas” que son apreciados en el espacio de la feria.

Arañando, por la subsistencia

Este pequeño sub-título sintetiza buena parte de la realidad cotidiana de este grupo de feriantes. El contexto en el que se inscriben las actividades que realizan, es dentro de un constante empobrecimiento de las condiciones de vida y de trabajo. El profundo deterioro de las condiciones materiales de existencia en las que (sobre)viven , producto de la falta de oportunidades objetivas de insertarse en un ámbito laboral estable y seguro, incluso a través de sus propias actividades, de las características del mercado de trabajo, de la desigualdad en el acceso a las oportunidades educativas, de salud, de información. Los márgenes de maniobra de que dispone este grupo de feriantes son reducidos con respecto al de los feriantes "tradicionales". A partir de lo cual implementan distintas estrategias (ocupacionales y familiares) adaptadas a las posibilidades del contexto, tanto en el ámbito del hogar como en el ámbito del trabajo: para "parar la olla". La diversidad de estrategias que despliegan las familias es limitada, sobre todo para este grupo en particular. Cristina con 46 años, madre de cinco hijos que tuvo criar sola, afirma: "nunca estuve en la situación que estoy hoy." Es por eso que Cristina anhela la certidumbre de tiempos pasados, cuando se le pregunta por los trabajos anteriores y por el actual, ella prefiere el servicio doméstico, que era una actividad que le daba una mayor seguridad, certidumbre; con el trabajo actual los marcos de imprevisibilidad, incertidumbre se amplían, el trabajo de feriante “depende ella, de la venta, de la gente, en cambio si voy a trabajar cama adentro depende de mi patrón. Sé que llegan mis horas, mi quincena o mi mes, cobro y listo. Es distinta la situación y no lo pagas con nada. De esta forma, se acentúan las dificultades para asegurar la continuidad a lo largo del tiempo de este tipo de actividades, en un contexto tan adverso como el actual donde los ingresos son cada vez mas insuficientes y donde se hace más difícil “tener el puesto lleno”, con mercadería suficiente para la venta. Por ejemplo, como decía Cristina "...en las épocas buenas iba a La Salada los lunes y los jueves para reponer la mercadería y compraba de a 200/300 pesos, hoy para juntar 100 pesos, tenés que estar 10 días y no sé.
Cristina también ha dejado de trabajar los domingos porque no vende: "Antes los domingos, cuando se vendía, trabajaba, ahora no. No puedo pagar cuatro pesos de remis para no vender. Si en la semana hay días que no vendo, así que imagínate los domingos que voy a esperar." Pelusa sigue yendo todos los días a la feria porque aunque no venda nada, “la venta para ella es todo.” La desocupación o falta de trabajo que experimentan los otros componentes del hogar (en el caso de Pelusa su pareja que esta desocupada y en el caso de Cristina sus hijos que también están desocupados) han afectado las posibilidades de contribución al sostenimiento del hogar, y/o de la actividad en la feria. Lo que se observa es el esfuerzo que realiza este grupo de feriantes no ya para expandir su puesto sino principalmente para mantenerlo, conservarlo. Tanto Pelusa como Cristina para hacer frente a este contexto han tenido que modificar de algún modo su actividad orientadas por una lógica de la subsistencia diaria. Es la misma situación de Antonio, quien en condiciones más precarias, debe generar no sólo la posibilidad de reproducir la mercadería que ofrece, sino garantizar continuamente un espacio donde poder comercializarlos. Se encuentran forzadas a actuar en condiciones cada vez más imprevisibles e inestables lo que aumenta su vulnerabilidad y afecta su proyección de futuro. Lo que se observa no es tan solo surgimiento de nuevas actividades informales a partir de la crisis económica, sino más bien es la agudización de condiciones de empobrecimiento (creciente inseguridad, esfuerzo creciente por lograr un mínimo de bienestar, de marginación creciente) de trayectorias marcadas por la informalidad (situación que no es nueva, sino que de origen) y los mayores esfuerzos económicos y laborales desplegados por los sujetos para garantizar la reproducción del hogar en situación de crisis, situación que atraviesa los relatos de este grupo de feriantes. Viven inmersos en el presente teñido de la necesidad de sobrevivir, donde se ven obligados a producir su acción en un contexto donde los márgenes de imprevisibilidad e incertidumbre se han ampliado considerablemente. La mayor incertidumbre para este grupo de feriantes se centra principalmente sobre la fuente de generación de recursos: “el trabajo”, el mantenimiento de estas actividades a lo largo del tiempo.

De Ferias y feriantes en el Conurbano bonaerense. Lógicas de reproducción y trayectorias laborales de trabajadores feriantes. Eduardo Chávez Molina y María Laura Raffo.