Parada unificada: Alem entre Yrigoyen y Gaboto: 85, 98, 278, 281, 585. Bajan todos por Garibaldi.
COLECTIVOS A BERNAL ESTE Y DON BOSCO
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COLECTIVOS A BERNAL OESTE
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René Luis Arne Von Schoultz Van Esse (1900-1983), un ingeniero formado en Londres y Berlín, combinó una destacada trayectoria en infraestructura civil argentina con una prolífica carrera como grabador y director del Museo Municipal de Artes Visuales de Quilmes entre 1967 y 1973. Su vida y obra reflejan una síntesis entre la precisión técnica y el compromiso con el patrimonio cultural local en la región de Quilmes.
Nació en Helsinki, Finlandia, el 8 de julio de 1900 y falleció en Quilmes el 23 de abril de 1983. Ingeniero egresado de la Universidad de Londres en 1920 y de Berlín Charlottenburg en 1924. Arribó a Argentina en 1920. Realizó obras para la Compañía Becker de saneamiento en Villa María y Artigas, puentes y caminos en la Patagonia. Con la Compañía General de Construcciones, desagües fluviales en Capital Federal, en el Astillero Río Santiago y en la destilería de alcohol de San Nicolás. Ocupó el cargo de Director de la Planta Industrial Las Palmas de Zárate. Con el nombre de Rene Van Esse actuó como artista grabador, habiendo estudiado dibujo y grabado en su ciudad natal y en Berlín. Dictó conferencias sobre grabado e historia del arte. Participó en el Salón Nacional en 1951 en la sección de grabado. A partir de 1942 concurrió al Primer Salón de Grabado de Rosario en 1943, al Salón de La Plata, al Salón de Buenos Aires, al Salón de Tandil, al Salón de Quilmes, al Salón Tout Petit de la Agrupación Kilme en 1943, al Segundo Salón del Grabado de Rosario en 1944, al Salón de Motivos Argentinos de Gente de Arte de Avellaneda en Ramos Mejía en 1945 y al Tercer Salón de Arte de Mar del Plata en 1944, entre otros. Realizó muestras individuales en Galería Müller en 1945, en Quilmes y Zárate. Paisajista, plasmó en sus pinturas, escenas, panoramas y paisajes dejando una obra historiográfica del Quilmes de antaño, paisajes del Delta, de los lagos del sur y de otras geografías que recorrió en búsqueda de temas para sus telas. Reflejó paisajes de las diferentes estaciones del año y emotivos como quietud, esteros, lagos, elaborándolas con su naturalismo pictórico sumado a las técnicas del grabado. (Diccionario Biográfico de la provincia de Buenos Aires, Editorial C Signo Editorial Argentino 1954).
Foto del Archivo General de la Nación. Sin fecha pero está archivada junto a un grupo de fotografías tomadas en 1938.
Abajo a la derecha se ve la plantación de frutales de George Brougham y la primera casa subiendo por el margen derecho es la suya. La primera calle es Primera Junta, frente a C.A.T.Y.A. y hacia arriba al noroeste se ven los campos de deporte del San Jorge y hacia la izquierda el Q.A.C. y arriba a la izquierda la Cervecería.
Esquina de las calles Cramer y Tacuarí en la localidad de Bernal (Partido de Quilmes)
Sarmiento al 891, Quilmes. Empresa constructora Broeders y Braga Constructores.
Tal como sucedió con los chalés las casas racionalistas llevan el nombre del constructor y en algún caso del ingeniero constructor pero ya entrada la década de 1940 las obras con el nombre de A. Virasoro, Rivarola, Pater y Morea y A. Jacobs o del ingeniero A. Baldassarini pertenecen a profesionales con trayectoria no radicados en Quilmes.
Casa Juan Thörmahlen, Brandsen 498, Quilmes, 1936.
En este caso el volúmen cilíndrico articula el desfasaje entre los dos prismas rectangulares separados funcionalmente, en el interior, por la circulación.
Thörmahlen primero construyó el chalé tradicional lindero, ubicado hacia la izquierda. El hecho de que optara por un lenguaje moderno para la segunda vivienda pudo deberse a la circulación de información sobre la producción que se llevaba a cabo en Alemania lo que supone.
Casa Bianchi, arq. Benedicto Bianchi, Alsina 570, Quilmes.
Fotografía del Archivo General de la Nación. Vivienda racionalista con resabios Art Deco. El volumen de circulación vertical con remate semicilíndrico que acompaña al descanso de la escalera es su rasgo distintivo que direcciona el acceso mediante la gran escalera hacia la terraza. En la fotografía se aprecia se aprecian las dos terrazas totalmente orientadas hacia las tierras bajas y el río.
Casa en Av. Hipólito Yrigoyen 219, Quilmes.
Interesante propuesta con los beneficios se un amplio lote optimizando la orientación con amplias ventanas en el muro curvo y la esquina ortogonal posterior. Aprovechamiento de la terraza con pérgola y vistas al frondoso jardín.
Alsina 280, Quilmes.
Este es otro ejemplo de la influencia de preceptos modernistas, difundidos en las décadas de 1940 y 1950, adaptados a lotes urbanos de ancho restringido con espacio para entrada del automóvil con condiciones semejantes a las pautas que determinaron la serie de chalés ya revisados.
Los frentes en "L" suelen evitar la esquina ortogonal reemplazándola por un cuarto de cilindro con paños contínuos de carpintería, facetados, en ambos niveles y un balcón con caladuras y baranda que fortalecen la propuesta volumétrica direccionada hacia el ingreso.
• Balcones en voladizo curvos: La esquina redondeada y el diseño continuo de los balcones y aleros emulan las cubiertas y pasarelas de los grandes buques transatlánticos de la época.
• Ventanas "ojo de buey": Justo sobre el acceso principal de la esquina se aprecia una ventana circular, un elemento ornamental y funcional tomado directamente de la arquitectura naval.
• Líneas horizontales depuradas: A diferencia de las casas chorizo neoclásicas con molduras recargadas, aquí predominan los volúmenes limpios, los muros lisos y las bandas horizontales que acentúan la sensación de dinamismo y aerodinamismo.
• Retiro de la línea municipal: A diferencia de las fachadas antiguas pegadas a la vereda, incorpora un pequeño jardín delantero con una reja baja perimetral que acompaña la fisonomía de los barrios residenciales modernos de mediados del siglo XX.
La arquitectura doméstica de ese período está estrechamente relacionada con la expansión de la casa chorizo, una tipología que se desarrolló con fuerza entre aproximadamente 1880 y 1930 y que se extendió desde Buenos Aires y Rosario hacia numerosas ciudades del país. Quilmes no fue una excepción: las transformaciones urbanas y el crecimiento de la población dejaron una importante cantidad de construcciones que todavía sobreviven, aunque muchas hayan sido modificadas con el paso del tiempo.
Una de las claves está en los materiales. Los estudios sobre construcciones argentinas de fines del siglo XIX y comienzos del XX muestran que la mampostería de ladrillo cerámico común era el sistema predominante, mientras que el material de asiento utilizado en numerosas construcciones de la provincia de Buenos Aires era un mortero de cal, elaborado con arenas y, en algunos casos, agregados minerales.
Eso permite entender una diferencia importante respecto de las construcciones más antiguas. El ladrillo no desaparece, pero cambia la manera en que se utiliza y se combina con otros materiales. La incorporación de perfiles metálicos permitió desarrollar estructuras denominadas híbridas, en las que los muros de mampostería convivían con vigas y columnas de hierro.
Uno de los elementos más característicos de aquellas construcciones es la bovedilla. Antes de la generalización del hormigón armado, los perfiles metálicos —en muchos casos perfiles doble T— podían funcionar como elementos resistentes sobre los cuales se construían pequeñas bóvedas de ladrillo.
El resultado era un sistema relativamente liviano y resistente para cubrir ambientes y entrepisos. Los perfiles quedaban separados a determinada distancia y entre ellos se construían las pequeñas bóvedas de ladrillo. La documentación técnica de comienzos del siglo XX ya registra este sistema, que se convirtió en una de las características de las construcciones híbridas de la época.
Por eso, cuando en una antigua vivienda o local de Quilmes aparece un techo interior abovedado, no se trata solamente de una decisión estética. Puede estar revelando la tecnología constructiva utilizada originalmente en el edificio.
La combinación de ladrillo, cal y hierro produjo construcciones que podían adoptar diferentes apariencias exteriores. Una misma tecnología podía estar detrás de una vivienda sencilla, un comercio, una casa de renta o un edificio público. La fachada podía incorporar recursos italianizantes, ornamentaciones o simplemente dejar visible el ladrillo.
Otro rasgo que llama inmediatamente la atención son las aberturas altas. En las casas de esta época, las habitaciones solían tener techos elevados y las puertas podían alcanzar dimensiones que hoy resultan poco habituales.
La casa chorizo, por ejemplo, se organizaba mediante una sucesión de habitaciones vinculadas a una galería y a patios. Estudios sobre esta tipología señalan alturas importantes de los ambientes, mientras que las puertas y banderolas formaban parte de una arquitectura pensada para favorecer la iluminación y la ventilación natural.
Las banderolas, pequeñas aberturas ubicadas por encima de las puertas, constituyen otro detalle característico. En una época anterior al aire acondicionado y a los sistemas modernos de climatización, la relación entre altura, patios, galerías, ventanas y aberturas superiores tenía una importancia práctica.
No todos los edificios antiguos de Quilmes presentan exactamente la misma combinación de elementos. La arquitectura fue evolucionando y también dependió de la función del inmueble, los recursos económicos de sus propietarios y las modas de cada momento. Por eso, estos rasgos deben entenderse como indicios arquitectónicos, no como una fórmula automática para fechar una construcción.
La incorporación de perfiles metálicos fue una de las grandes transformaciones de la construcción durante el siglo XIX. En la Argentina, su utilización se expandió progresivamente y se vinculó también con la llegada del ferrocarril y con la disponibilidad de productos industriales.
Los estudios del LEMIT señalan que el empleo de perfiles metálicos en estructuras comenzó a desarrollarse en el siglo XIX y que las estructuras híbridas se caracterizaron por combinar esos perfiles con mampostería de ladrillos. Para las primeras décadas del siglo XX, esta solución estaba ampliamente presente en diferentes tipos de edificios.
En la provincia de Buenos Aires, los relevamientos realizados sobre construcciones antiguas muestran precisamente esa combinación: ladrillos cerámicos comunes, morteros de cal y perfiles metálicos. Algunas de las estructuras analizadas tienen alrededor de un siglo de antigüedad.
Es también una tecnología que explica algunas de las patologías que hoy pueden observarse en estos edificios. El hierro oculto dentro de muros o bovedillas puede sufrir corrosión cuando existen filtraciones y humedad. La expansión producida por la oxidación puede generar fisuras, desprendimientos y deformaciones en los materiales que lo rodean.
El sistema no desapareció de un día para otro, pero la década de 1930 marca un punto de inflexión. El trabajo del LEMIT señala que a partir de esa década el hormigón armado se generalizó en la Argentina y fue reemplazando progresivamente a las construcciones híbridas basadas en mampostería y perfiles metálicos.
La transformación no fue solamente técnica. También cambió la arquitectura. Las nuevas posibilidades estructurales ofrecidas por el hormigón armado facilitaron otras formas de organizar los espacios y acompañaron la expansión de nuevas corrientes arquitectónicas.
De esta manera, las primeras décadas del siglo XX pueden entenderse como un período de transición: todavía sobreviven sistemas tradicionales de mampostería, pero al mismo tiempo aparecen materiales y tecnologías industriales que terminarán modificando profundamente la manera de construir.
En Quilmes, muchas de esas construcciones fueron transformadas. Algunas perdieron sus fachadas originales bajo capas de pintura o revoque; otras incorporaron persianas, locales comerciales, cocheras o ampliaciones; algunas conservaron solamente sus muros y otras todavía permiten reconocer buena parte de su configuración original.
Por eso, recorrer determinadas calles de Quilmes o Bernal puede convertirse en una pequeña lectura de la historia de la construcción. Un ladrillo, una banderola, una puerta alta o una bóveda pueden decir mucho más de lo que parece.
La vieja arquitectura quilmeña no fue construida con los materiales ni con las técnicas que predominan hoy. Detrás de esas fachadas hay una época en la que la cal, el ladrillo y el hierro convivieron durante décadas, mientras la ciudad crecía y adoptaba nuevas formas de habitar.
Y quizás una de las características más interesantes de estas construcciones sea precisamente esa: siguen estando allí. Muchas veces modificadas, ocultas o deterioradas, pero todavía capaces de revelar, para quien sabe observarlas, cómo se construía el Quilmes de hace más de un siglo.
Fuentes: estudios del LEMIT-CIC sobre construcciones de fines del siglo XIX y principios del XX; trabajos sobre la casa chorizo y documentación histórica de la arquitectura de Quilmes.