Hay casas y comercios en Quilmes que pueden parecer, a primera vista, simplemente construcciones antiguas. Sin embargo, algunos de sus rasgos permiten reconstruir bastante de su historia: una fachada de ladrillo visto, puertas de doble hoja, aberturas excepcionalmente altas, pequeñas banderolas de ventilación y, en el interior, techos abovedados construidos con ladrillos y perfiles de hierro. Son huellas de una manera de construir que marcó buena parte del paisaje urbano argentino entre fines del siglo XIX y las primeras décadas del XX.
La arquitectura doméstica de ese período está estrechamente relacionada con la expansión de la casa chorizo, una tipología que se desarrolló con fuerza entre aproximadamente 1880 y 1930 y que se extendió desde Buenos Aires y Rosario hacia numerosas ciudades del país. Quilmes no fue una excepción: las transformaciones urbanas y el crecimiento de la población dejaron una importante cantidad de construcciones que todavía sobreviven, aunque muchas hayan sido modificadas con el paso del tiempo.
Una de las claves está en los materiales. Los estudios sobre construcciones argentinas de fines del siglo XIX y comienzos del XX muestran que la mampostería de ladrillo cerámico común era el sistema predominante, mientras que el material de asiento utilizado en numerosas construcciones de la provincia de Buenos Aires era un mortero de cal, elaborado con arenas y, en algunos casos, agregados minerales.
Eso permite entender una diferencia importante respecto de las construcciones más antiguas. El ladrillo no desaparece, pero cambia la manera en que se utiliza y se combina con otros materiales. La incorporación de perfiles metálicos permitió desarrollar estructuras denominadas híbridas, en las que los muros de mampostería convivían con vigas y columnas de hierro.
El secreto está sobre nuestras cabezas
Uno de los elementos más característicos de aquellas construcciones es la bovedilla. Antes de la generalización del hormigón armado, los perfiles metálicos —en muchos casos perfiles doble T— podían funcionar como elementos resistentes sobre los cuales se construían pequeñas bóvedas de ladrillo.
El resultado era un sistema relativamente liviano y resistente para cubrir ambientes y entrepisos. Los perfiles quedaban separados a determinada distancia y entre ellos se construían las pequeñas bóvedas de ladrillo. La documentación técnica de comienzos del siglo XX ya registra este sistema, que se convirtió en una de las características de las construcciones híbridas de la época.
Por eso, cuando en una antigua vivienda o local de Quilmes aparece un techo interior abovedado, no se trata solamente de una decisión estética. Puede estar revelando la tecnología constructiva utilizada originalmente en el edificio.
La combinación de ladrillo, cal y hierro produjo construcciones que podían adoptar diferentes apariencias exteriores. Una misma tecnología podía estar detrás de una vivienda sencilla, un comercio, una casa de renta o un edificio público. La fachada podía incorporar recursos italianizantes, ornamentaciones o simplemente dejar visible el ladrillo.
Las puertas que parecen demasiado grandes
Otro rasgo que llama inmediatamente la atención son las aberturas altas. En las casas de esta época, las habitaciones solían tener techos elevados y las puertas podían alcanzar dimensiones que hoy resultan poco habituales.
La casa chorizo, por ejemplo, se organizaba mediante una sucesión de habitaciones vinculadas a una galería y a patios. Estudios sobre esta tipología señalan alturas importantes de los ambientes, mientras que las puertas y banderolas formaban parte de una arquitectura pensada para favorecer la iluminación y la ventilación natural.
Las banderolas, pequeñas aberturas ubicadas por encima de las puertas, constituyen otro detalle característico. En una época anterior al aire acondicionado y a los sistemas modernos de climatización, la relación entre altura, patios, galerías, ventanas y aberturas superiores tenía una importancia práctica.
No todos los edificios antiguos de Quilmes presentan exactamente la misma combinación de elementos. La arquitectura fue evolucionando y también dependió de la función del inmueble, los recursos económicos de sus propietarios y las modas de cada momento. Por eso, estos rasgos deben entenderse como indicios arquitectónicos, no como una fórmula automática para fechar una construcción.
La llegada del hierro
La incorporación de perfiles metálicos fue una de las grandes transformaciones de la construcción durante el siglo XIX. En la Argentina, su utilización se expandió progresivamente y se vinculó también con la llegada del ferrocarril y con la disponibilidad de productos industriales.
Los estudios del LEMIT señalan que el empleo de perfiles metálicos en estructuras comenzó a desarrollarse en el siglo XIX y que las estructuras híbridas se caracterizaron por combinar esos perfiles con mampostería de ladrillos. Para las primeras décadas del siglo XX, esta solución estaba ampliamente presente en diferentes tipos de edificios.
En la provincia de Buenos Aires, los relevamientos realizados sobre construcciones antiguas muestran precisamente esa combinación: ladrillos cerámicos comunes, morteros de cal y perfiles metálicos. Algunas de las estructuras analizadas tienen alrededor de un siglo de antigüedad.
Es también una tecnología que explica algunas de las patologías que hoy pueden observarse en estos edificios. El hierro oculto dentro de muros o bovedillas puede sufrir corrosión cuando existen filtraciones y humedad. La expansión producida por la oxidación puede generar fisuras, desprendimientos y deformaciones en los materiales que lo rodean.
El cambio que llegó con el hormigón
El sistema no desapareció de un día para otro, pero la década de 1930 marca un punto de inflexión. El trabajo del LEMIT señala que a partir de esa década el hormigón armado se generalizó en la Argentina y fue reemplazando progresivamente a las construcciones híbridas basadas en mampostería y perfiles metálicos.
La transformación no fue solamente técnica. También cambió la arquitectura. Las nuevas posibilidades estructurales ofrecidas por el hormigón armado facilitaron otras formas de organizar los espacios y acompañaron la expansión de nuevas corrientes arquitectónicas.
De esta manera, las primeras décadas del siglo XX pueden entenderse como un período de transición: todavía sobreviven sistemas tradicionales de mampostería, pero al mismo tiempo aparecen materiales y tecnologías industriales que terminarán modificando profundamente la manera de construir.
Una ciudad que todavía conserva esas huellas
En Quilmes, muchas de esas construcciones fueron transformadas. Algunas perdieron sus fachadas originales bajo capas de pintura o revoque; otras incorporaron persianas, locales comerciales, cocheras o ampliaciones; algunas conservaron solamente sus muros y otras todavía permiten reconocer buena parte de su configuración original.
Por eso, recorrer determinadas calles de Quilmes o Bernal puede convertirse en una pequeña lectura de la historia de la construcción. Un ladrillo, una banderola, una puerta alta o una bóveda pueden decir mucho más de lo que parece.
La vieja arquitectura quilmeña no fue construida con los materiales ni con las técnicas que predominan hoy. Detrás de esas fachadas hay una época en la que la cal, el ladrillo y el hierro convivieron durante décadas, mientras la ciudad crecía y adoptaba nuevas formas de habitar.
Y quizás una de las características más interesantes de estas construcciones sea precisamente esa: siguen estando allí. Muchas veces modificadas, ocultas o deterioradas, pero todavía capaces de revelar, para quien sabe observarlas, cómo se construía el Quilmes de hace más de un siglo.
Fuentes: estudios del LEMIT-CIC sobre construcciones de fines del siglo XIX y principios del XX; trabajos sobre la casa chorizo y documentación histórica de la arquitectura de Quilmes.




.png)
.png)












